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Desde principios de junio, hay un furgón de la policía de Nueva York estacionado frente al bar Stonewall, en el corazón del Greenwich Village. Un par de agentes se pasean por la zona para asegurarse de que los enjambres de turistas que circulan por al bar para hacerse fotos frente al escaparate y la placa que lo declara conjunto de interés turístico, estén a salvo de cualquier agresión.

El aire húmedo que flota por las calles parece cargado del optimismo y la electricidad de las ocasiones importantes: hemos entrado en lo que aquí se conoce como el mes del Orgullo LGTBI, en el que la ciudad de Nueva York y los Estados Unidos no afines a Donald Trump rememoran lo que pasó en este mismo lugar hace exactamente cincuenta años.

Sucedió de la siguiente manera: la noche del 28 de junio de 1969, la policía de Nueva York irrumpió en el bar Stonewall para llevar a cabo una de sus redadas habituales. La excusa era interceptar drogas y alcohol ilegal; la realidad: se trataba de una manera de escarmentar a la clientela del bar, mayoritariamente homosexual. Aquella noche, sin embargo, no estaba el horno para bollos. Parece ser que el ambiente andaba especialmente tenso a causa del fallecimiento de Judy Garland, una de las grandes divas gais. Esta vez, los clientes del bar se amotinaron para resistir a los envites de la policía, y la noticia del levantamiento corrió como la pólvora por aquel barrio frecuentado por maricas, lesbianas y trans (proletarias y racializadas en su mayoría), hasta llegar a la cercana Washington Square, donde vivía un nutrido grupo de jóvenes procedentes de todo el país que se habían escapado de sus casas huyendo de la homofobia en sus familias. Muy pronto, los alrededores de Stonewall se llenaron de gente que estaba harta y que tenía muy poco que perder: la revolución había comenzado.

No era la primera vez que el colectivo marica había resistido a una redada policial: en San Francisco o en Boston, por ejemplo, se habían producido levantamientos similares al de Nueva York. Pero Stonewall se convirtió en todo un símbolo cuando un año después, en 1970, un grupo de activistas decidió organizarse para conmemorar aquel acto de resistencia heroica y marchó por las calles del Village neoyorquino camino a Central Park. Poco a poco, otras ciudades del mundo fueron sumándose a estas reivindicaciones (Barcelona, en 1977; Madrid, en 1978), y el Orgullo se acabó consolidando como el día internacional de la liberación LGTBI.  

En el centro de la concurrida plazoleta frente al bar Stonewall, junto a las estatuas que representan a una pareja de hombres y otra de mujeres, han instalado una placa que dice “Stonewall Forever”, en referencia al proyecto que está llevando a cabo el LGBTQ Center de Nueva York con la colaboración de Google: un monumento virtual abierto a la participación ciudadana que pretende formar un gigantesco mosaico de voces queer. Cualquiera puede formar parte del monumento si entra en stonewallforever.org, carga una foto y escribe un pequeño texto. Se trata de decir, de una manera simbólica, que la revolución de Stonewall quizá sucedió hace cincuenta años, pero hoy en día, en la época digital, la lucha continúa.

Es un recordatorio importante, porque como especie tenemos muy poca memoria. Tras la consecución del matrimonio igualitario en buena parte del mundo occidental, el Orgullo ha pasado a convertirse en una fiesta patrocinada por grandes empresas que cuelgan, durante unos días, la bandera del arcoíris ahora que la cosa está bien vista. Se trata de una celebración a la que, además, no todo el mundo está invitado: el colectivo trans, en especial las mujeres, suele recibir miradas reprobatorias “porque dan mala imagen”. Interesante paradoja, porque fue este colectivo quien estuvo en primera línea de fuego cuando muchos no se atrevían a dar la cara. Pienso en aquellas personas trans que aparecen en las imágenes del primer Orgullo español, celebrado en Barcelona apenas dos años después de la muerte de Franco. Y pienso, especialmente, en Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera aquí en Nueva York. La primera, negra; la segunda, latina. Hace poco, las he visto retratadas con reverencia metafísica, como si fueran iconos góticos, por el joven artista Carl Grauer en una galería de Hudson (a dos horas de Nueva York). Así debería de ser siempre.

El matrimonio igualitario no es, en sí mismo, garantía de igualdad. No lo será mientras haya personas de la comunidad LGTBI que sean discriminadas por cuestiones de salud, por buscar otras posibilidades afectivas, por tener cuerpos no normativos o por ser personas de edad avanzada. Poco antes de dejar Nueva York, fui a cenar y a dar un paseo por Christopher Street con Larry y Arnie, una de aquellas parejas que llevan décadas juntos. Es de noche y los dos (con más de setenta años cada uno) circulan, invisibles, por una calle plagada de cuerpos jóvenes y musculados. Aquellos chicos que no se dignan a mirar a mis amigos están tomando PrEP (la pastilla que les protege del VIH) sin saber que el doctor Larry Mass fue uno de los cofundadores de Gay Men’s Health Crisis, y la primera persona que, en mayo de 1981, escribió en la prensa generalista sobre lo que luego se conocería como sida. Dentro de unos días, estos mismos chicos irán al World Pride de Nueva York a bailar y a divertirse sin saber que el hombre que pasa por su lado es el profesor Arnie Kantrowitz, uno de los organizadores del primer Orgullo, en 1970, y autor de una de las primeras autobiografías de un activista gay.

Así pues, me despido con un abrazo de mis amigos, y les digo que gracias a personas como ellos hoy podemos estar aquí. Hemos llegado, de nuevo, a la plazoleta de Stonewall, decorada con centenares de banderas multicolor. Frente a la placa conmemorativa, dos mujeres inmortalizan un beso con una selfie. Una de ellas lleva una camiseta que dice: “El primer Orgullo fue un levantamiento”. Con tanta fiesta, corremos el riesgo de olvidar que el Orgullo es una reivindicación vigente: las agresiones homófobas y transfóbicas se han multiplicado en los últimos años tanto en la calle como a nivel institucional; la crisis del VIH/sida continúa; los refugiados LGTB pasan por enormes dificultades; la plumofobia, la serofobia, la discriminación a personas mayores y a personas no normativas son problemas reales que requieren una solución urgente. Y no pienso sólo en España o en Estados Unidos: esta lucha nos une a todas, en cualquier rincón del planeta. 

Son cincuenta años desde el levantamiento de Stonewall. Un aniversario tan señalado puede suponer una buena excusa para recordarnos que esto no es (solo) una celebración: por solidaridad, la lucha tiene que estar más viva que nunca. Porque llegará el 29 de junio y volveremos a tener frente a nosotros individuos, instituciones y partidos que seguirán negándonos derechos y desearán arrebatarnos lo que ya hemos conseguido.

Fuente: https://ctxt.es/es/20190626/Politica/27009/