fbpx

El mes pasado nos mataron otros dos linces a tiros en los Montes de Toledo. Uno de los ejemplares era una hembra con cuatro crías (que también habrán muerto) a la que dispararon a bocajarro. Si los sumamos a los dos que cayeron en un cepo y un lazo hace unos meses, son cuatro los linces abatidos en la zona por disparos y trampas en lo que llevamos de año.

Todos ellos pertenecían al proyecto Life+Iberlince de reintroducción de la especie en Castilla-La Mancha. Así, mientras la UE destina millones de euros a este programa de reintroducción y nuestros mejores naturalistas, veterinarios y biólogos de campo dedican todo su afán a recuperar al felino más amenazado del mundo, los furtivos nos los están matando. Y recurro a la primera persona del plural porque el lince ibérico -como el oso pardo, el gorrión común, la flor de nieve, el sapillo pintojo o la libélula- forma parte de nuestro patrimonio más preciado y vulnerable: el patrimonio natural.

Todas las especies silvestres de flora y fauna forman parte de esa heredad que llamamos biodiversidad. Un legado que todos tenemos el derecho a disfrutar, pero también el deber de custodiar para traspasárselo a las generaciones futuras. Sin embargo hay quienes persisten en arruinarles la herencia.

Muchos nos preguntamos quién puede ser capaz de dispararle a bocajarro a un lince ibérico, uno de los animales más bellos del planeta. Pero todavía resulta más difícil de entender que ello suceda en una finca sometida a la mayor vigilancia, en la que sabemos el nombre de cada gato, cuántos son, donde duermen y hasta qué comen. Cómo es posible que pese a ese control y pese a que en el medio rural todos saben qué pasa en el monte y hasta quien ha movido una piedra, los malhechores que andan poniéndole trampas y disparando al lince actúen con total impunidad y nadie sea capaz de identificarlos.

La verdad es que cuesta de creer. En las noticias que están apareciendo estos días se está señalando a un colectivo. Un importante medio nacional destacaba en titulares "Cuatro linces muertos por cazadores en Castilla-La Mancha en lo que va de año". Cuidado. Hace un tiempo les di crónica en este mismo rincón de eldiario.es de mi visita a una de las fincas que participan en el programa de recuperación de la especie ubicada en el Valle del Matachel, en la provincia de Badajoz. Uno de los lugares más bellos de la península, perfecta expresión del bosque mediterráneo: bien gestionado, bien conservado, pleno de vida y con abundancia de conejos; la base de la dieta del lince.

Allí tuve ocasión de departir con propietarios, capataces y vigilantes: todos ellos amaban al gato, todos velaban por su conservación y ponían todo su afán en que nadie les causase daño. Y todos ellos eran cazadores. Como bien saben los lectores de este diario no soy cazador: nunca lo he sido. No comprendo como alguien puede ser capaz de observar por la mirilla a un animal tan bello como el lobo, el zorro, el corzo, el ciervo o el rebeco y apretar el gatillo. No conseguiré entender jamás como se puede disparar a un ave tan fascinante como la perdiz roja, la liebre, el zorzal, la tórtola o el conejo.

No logro concebir qué tipo de impulso, qué inexplicable estímulo puede llevar a un ser humano a disparar sobre otro ser vivo y disfrutar con ello. Pero anotado esto, subrayado mi total repudio hacia la práctica deportiva de la caza, me parece de justicia resaltar la inmensa labor que están llevando a cabo los propietarios de las fincas de caza y los propios cazadores para ayudarnos a salvar al lince.

Sin ellos, sin su colaboración activa, la labor de las organizaciones conservacionistas y de los programas de recuperación habría sido mucho menos efectiva y no habríamos pasado de los noventa ejemplares que quedaban hace apenas un par de de décadas a los más de 600 que pueblan hoy la península y nos permiten ser optimistas respecto a la continuidad de la especie.

Por eso me cuesta creer que quienes han abatido a los cuatro ejemplares de los Montes de Toledo sean cazadores. Esta misma semana apelaba a la Federación Española de Caza desde las redes para conocer su postura. Y entre la inevitable sarta de insultos por parte de los de siempre (qué hartazgo por favor) recibí su respuesta directa: "Una persona que emplea técnicas ilegales como cepos y lazos o que dispara sobre especies protegidas nunca será un cazador".

Mi propósito con este apunte no es salir en defensa de los cazadores ni de la actividad cinegética, una actividad que insisto otra vez: incluso cuando se lleva a cabo atendiendo a lo que marca la ley ni comprendo ni apruebo. Pero tampoco creo oportuno que se les señale como responsables de unos hechos tan graves. Estamos hablando de delitos por los que nuestro actual Código Penal impone multas de hasta más de cien mil euros y prevé penas de hasta dos años de cárcel. Tan solo intento llamar a la reflexión de todos para que entre todos logremos poner fin de una vez por todas a este tipo de actos tan aborrecibles. Y eso pese a ser plenamente consciente de que, ante el maniqueísmo reinante, voy a ser zarandeado por todos.

Fuente: https://www.eldiario.es/