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En la presentación del balance del primer año de gobierno del president Torra, celebrado este mes de junio, en el Parlament de Catalunya se produjo un ­hecho inédito. Era una cita relevante, ­porque el mismo president rendía cuentas de su acción de gobierno y apuntaba proyectos de futuro.

Pero este año, cuando el pre­sident inició su intervención, los pasillos de la Cámara permanecían llenos de diputados comentando asuntos más interesantes, mientras que en el hemiciclo no había ni la tensión ni la atención de los momentos importantes. Era un trámite sin mucho interés y de poca trascendencia.

Este escenario describe la gravedad de lo que estamos viviendo. No es una tragedia, ciertamente, pero sí un drama. No es un terremoto, pero sí un fenómeno grave de erosión, menos espectacular pero efectivo. Si no se detiene, deja los países convertidos en polvo de desierto. Y es que Catalunya vive una erosión, en términos de fricción social y de malversación del autogobierno desde hace años, y algunos éxitos indis­cutibles obtenidos en deter­minados ámbitos, como en ­varios sectores de la investi­gación, no dejan de ser islas en un mar de mediocridad, a veces de incompetencia.

Nos hace falta una mirada con perspectiva suficientemente amplia para entender lo que le está sucediendo a Ca­talunya, y observar que ha ­dejado de ser abanderada en ­España.

Subrayemos algunas referencias básicas que constituyen tendencias. Una de ellas es la moderación del ritmo de recuperación del PIB, cuando en el pasado nos recuperábamos deprisa. Ahora, y en relación con el 2008, somos la sexta comunidad en ritmo de recuperación, por detrás de Madrid, Baleares, Murcia, Navarra y el País Vasco, casi nivelados con la media española. Otro factor básico, porque se refiere al dinero real de las personas, es la renta disponible por adulto en euros equi­valentes, en la que somos quintos, y si intentamos otear el futuro desde la competitividad y con relación al factor más determinante junto con la tecnología, el capital humano, nos corresponde la sexta posición entre el conjunto de comunidades.

Y del dinero al bienestar. En su ranking de acuerdo con los datos objetivos, nuestro lugar es el noveno entre todas las autonomías. Y si de aquí pasamos a la observación clave de la desigualdad (medida en índice de Gini), nos situamos entre la undécima (0,325) y decimocuarta posición, según la fuente. Si nos atenemos a la mejor hipótesis, estamos en el rango de la Calabria italiana, lejos de Lombardía (0,304) y a una galaxia de distancia de Baviera (0,294), un buen modelo, sea dicho de paso. Polonia (0,300) es un país mucho más igual que Catalunya.

Y la debilidad en el capital humano apuntada antes no tendría que extrañarnos, considerando que, con los datos PISA en la mano, nuestros alumnos ocupan el séptimo lugar en comprensión lectora, y son sextos en física y matemáticas, dentro del conjunto autonómico. En tasa de abandono escolar prematuro, somos los novenos, y todavía ­podemos alcanzar posiciones peores en ­inclusión social de los centros escolares, porque ocupamos uno de los últimos lugares por autonomías, el decimoquinto. Una debilidad humana que se extiende a la ayuda a la familia, prácticamente inexistente.

Y junto a todo esto, despilfarro de los recursos públicos. No hace demasiadas semanas, la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal ( Airef) hizo público un diagnóstico de cómo España hacía inversiones públicas desastrosas, tanto el Gobierno del Estado como las autonomías. Entre estas, la primera por la magnitud del despropósito era Catalunya, gracias sobre todo a dos obras que tenían que ser emblemáticas y se han convertido en agujeros negros milmillonarios: la línea 9 del metro y el regadío Segarra-Garrigues. Ambas necesitan una comisión parlamentaria para llevar luz a la catástrofe.

De la literatura pesada con la cual hemos descrito unas evidencias, querríamos remarcar unos elementos: Catalunya, en materia económica, se va alejando del podio olímpico en la comparación interna española. Nuestro desempeño se aproxima cada vez más a la media española en ­lugar de destacar sobre ella; nos hemos alejado de la ob­sesión catalana por el trabajo bien hecho. Y si de la economía pasamos al bienestar, la cosa empeora sensiblemente.

¿Y cómo no tiene que llamar la atención la elevada desigualdad, la falta de inclusión social en la escuela y sus pobres resultados, en un país donde casi todo el mundo se sitúa en la progresía y es socialmente adelantado?

Por último, y esta es la envolvente de todo, la forma de gobernar es pésima. Aquella ­línea de metro y aquel regadío de la Segarra y las Garrigues simbolizan una desastrosa gestión pública que el déficit fiscal por sí ­solo ni explica ni justifica. Ningún discurso, y menos en nombre de grandes ideales, ­puede ser encubridor de tanta fechoría ­porque no lo camufla, y además acaba por prostituir los sueños.

Fuente: https://www.lavanguardia.com/opinion/