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(I) Según la RAE, el vocablo sensatez es sinónimo de sabiduría, juicio, lógica, reflexión, madurez, etc. Asimismo, algunos sinónimos de valentía son esfuerzo, ánimo, temple, laboriosidad, tesón, firmeza, etc. la combinación de ambas series conduce a una virtud fundamental e imprescindible en la acción política: la prudencia.

La prudencia política es la capacidad de pensar ante ciertos acontecimientos, o actividades sobre los riesgos posibles que éstos conllevan y adecuar o modificar la conducta para no recibir o producir perjuicios innecesarios, difícilmente reparables o irreparables del todo. En esta hora de España y Cataluña, solamente la sensatez y la valentía, al servicio ambas de un proyecto de convivencia (que no de simple coexistencia), son la garantía de que podamos evitar, en primer lugar, la repetición de hechos históricos sangrientos y además sentar las bases de un nuevo marco constitucional para toda España.

El conflicto catalán no puede ser abordado por pirómanos del 155 o de la declaración de independencia

Necesitamos, pues, políticos sensatos, valientes, con propuestas superadoras del conflicto y - si no es mucho pedir - con algunas nociones de la llamada Historia de España. Desde mi condena a la violencia gratuita, salvaje y además inútil, no se puede considerar la de estos últimos días como algo inusitado o novedoso. A lo largo de la historia de Cataluña, y especialmente de Barcelona, han ido sucediéndose hechos violentos, con decenas de muertos y centenares de edificios destruidos. Una breve e incompleta reseña de los mismos se hace imprescindible para situarnos en una correcta evaluación de la realidad presente.

Desde el Corpus de Sangre de 1640 hasta el período 1917- 1923, protagonizado por los enfrentamientos entre los pistoleros de la patronal conjuntados con los del gobernador militar y civil, el general Martínez Anido, contra los de la CNT, pasando por los enfrentamientos y represión inmediata de Felipe V en Barcelona, la insurrección contra el Gobierno del Regente, el general Espartero, y el subsiguiente bombardeo de la ciudad desde Montjuic en 1843, por el general Van Halen, hasta la Se-mana Trágica de Barcelona en 1909, la historia de la Ciudad Condal es pródiga en tumultos, insurrecciones y demás acontecimientos violentos. Cataluña, patria y referencia del seny (sentido común), también ha mostrado frecuentemente, con razón o sin ella, su otra cara de la rauxa (arrebato).

También en el estricto campo de la política institucional, partidaria o cultural, Cataluña y Barcelona han estado muy presentes en el terreno de las tensiones y conflictos con los sucesivos Gobiernos de España. Las Bases de Manresa en 1892, que constituyen el proyecto político- institucional del catalanismo, contemplan una concepción de Cataluña en algunos casos y competencias, digna antecesora de los mayores hitos del autogobierno.

La constitución de la Mancomunitat de Catalunya, aprobada en 1914, después de la autorización del Congreso de los Diputados en 1912, contempló la desaparición de las cuatro diputaciones provinciales. en aras de esta nueva entidad, antecedente claro de la actual Comunidad Autónoma; fue disuelta en 1923 por la dictadura del General Primo de Rivera.

Durante el período de la II República (1931-1936), ha habido dos proclamaciones unilaterales de la República Catalana. La primera fue en 1931 y fue encabezada por Maciá; la segunda por Lluis Companys en 1934. En ambos casos, la proclamada República se consideraba parte integrante del Estado Español Federal y en consecuencia no rompía con él. En el primer caso, la mediación de Alcalá Zamora, presidente de la II República Española, paralizó el proceso con la promesa de un futuro Estatuto de Autonomía que se aprobó en 1932. En el segundo caso, el Gobierno español, presidido por Alejandro Lerroux, declaró el Estado de Guerra.

La intervención del ejército a las órdenes del general Batet puso fin al proyecto encabezado por el president Companys; el cual con otros dirigentes de la Generalitat fueron detenidos, juzgados por rebelión y sentenciados a 30 años de prisión. 46 muertos, 38 civiles y 8 militares fueron el precio en vidas de aquellas jornadas.

Si a la brevísima e incompleta crónica anterior, añadimos las numerosas huelgas y estallidos sociales (también con amplio saldo de víctimas mortales) sacaremos la conclusión de que el conflicto en Cataluña viene de lejos y que, salvo en breves momentos, nunca se ha intentado abordar en profundidad.

Es un conflicto político, que -velando otro de carácter social- no puede ser abordado por pirómanos del 155, del Estado de Excepción o de la unilateral declaración de independencia de Cataluña.

(II) 

Puede resultar ingenuo y cándido recurrir a la sensatez para abordar el conflicto que localmente se manifiesta en Cataluña, pero que afecta a la estructura misma del Estado diseñado en la Constitución.

Ese conflicto - larvado a veces y manifiestamente virulento en otras- ha existido durante siglos sin que haya encontrado una voluntad política común para abordarlo con perspectivas de construir un nuevo marco estable para la convivencia. Durante siglos se ha puesto en práctica la máxima de Ortega y Gasset que decía que con Cataluña a lo más que se podía llegar era a conllevarse. ¿Cómo se ha ido expresando y planteando el problema? Para enfocar esta cuestión, reproduzco una serie de citas breves que inducirán a reflexionar y a continuar indagando.- Antonio Alcalá Galiano (1768- 1865) ante las Cortes de Cádiz: "Uno de los objetivos principales que nos debemos proponer nosotros es hacer a la Nación Española una nación, que no lo es ni lo ha sido hasta ahora".

- Valentín Almirall. Ideólogo del catalanismo: "Los catalanes son en general tan españoles como los habitantes de las demás regiones de España".

- José Ortega y Gasset: "Dado que España no existe como nación, el deber de los intelectuales es construirla".

- Pere Bosch i Gimpera: "España, que no ha encontrado todavía la fórmula de equilibrio y de una organización estabilizada…".

- Pedro Laín Entralgo. "La dramática inhabilidad de los españoles, desde hace siglo y medio para hacer de su patria un país satisfecho de su constitución política y social".

-Jordi Pujol (26 de septiembre de 1994) en el Senado, refiriéndose a la especificidad de Cataluña en el mar-co del Estado de las Autonomías: "Cataluña defiende una tercera cosa, partiendo de la voluntad de hacerlo dentro de España". Pero dice algo más: "La Cataluña de hoy es el resultado de dos grandes realidades históricas. La primera, la Cataluña medieval, la que configuró el territorio, la lengua, la cultura, el derecho, la vivencia colectiva de pertenencia...la segunda realidad, que se insertó sobre la primera...fue la revolución económica y social iniciada en el siglo XVII que de una forma u otra ha llegado hasta el momento actual".

Las anteriores palabras constituyen una clave para entender una de las características fundamentales del catalanismo no independentista: su raíz burguesa. ¿Cómo ha sido el proceso que le ha hecho derivar hacia el independentismo? La respuesta obedece a la exacerbación y priorización del discurso de la España esencial y eterna, las alegrías de Rodríguez Zapatero, los errores y el ensimismamiento patrio del PP (tanto en el Gobierno como en la oposición) y los incidentes ocurridos en septiembre de 2011 cuando los indignados rodearon el Parlament, obligando al president, Artur Mas, a salir del mismo en helicóptero.

Enfrentarse al mito independentista de 'España nos roba' exige paciencia y raciocinio

Estos hechos -que comentaré- han sido velados por la suplantación de la política por el mito. Decía Levy Strauss que el mito se configura de tal manera que se constituye a sí mismo como explicación única. El mito, en definitiva, sustituye la razón por la creencia ciega y la comodidad mental inherente a ella. La España unida y homogénea de los Reyes Católicos es el mito españolista y la Cataluña oprimida y saqueada por España es el independentista. Enfrentarse racionalmente a los mitos exige paciencia y raciocinio. Cosas que no abundan hoy por hoy. Y menos en campaña electoral.

(III) 

La Constitución de la II República en su artículo 8º establecía que el Estado español estará integrado por Municipios mancomunados en provincias y por las regiones que se constituyen en régimen de autonomía.

La palabra nacionalidad, referida a cualquier ente autónomo que pudiera crearse, no aparece ni una sola vez en el texto. En función del citado artículo Cataluña obtuvo su estatuto de autonomía en 1932, Vizcaya, Guipúzcoa y Álava (no se nombraba a Euskadi), en 1936. El de Galicia fue aprobado por las Cortes de la República en el exilio mejicano en 1945. En los tres estatutos cada región se afirmaba como parte constitutiva del Estado Español.

Los entre bastidores de la Transición, llenos de presiones y amenazas por parte de los poderes fácticos del franquismo, tabúes y pies forzados (la monarquía), produjo la Constitución de 1978 en la que aparecen los términos regiones y nacionalidades aunque sin especificar quienes eran unas y otras. A pesar de ello se sobreentendía que las nacionalidades eran las que habían tenido estatuto aprobado o gestado con la República y en consecuencia podían alcanzar un autonomía "de primera" según el artículo 151". Las demás autonomías disponían del artículo 143 para alcanzar una autonomía "de segunda". Andalucía rompió de manera sorpresiva el reparto previsto y logró su autonomía por el 151, aunque sin las consecuencias lógicas derivadas de aquella gesta del pueblo andaluz. La Constitución, por otra parte, reconocía los derechos históricos de los territorios forales y la especificidad de Navarra. Y junto a ello una Ley Electoral que primaba de manera muy significativa, a los partidos mayoritarios (PSOE y PP) y a los partidos nacionalistas (PNV, ERC y CiU).Y sobrevolando todo ello, el equívoco de fingir ignorar que los términos nación y nacionalidad son sinónimos. La Constitución, ante la realidad de una España plurinacional dio una larga cambiada, y a esperar que escampe. Pero sigue lloviendo.

La Constitución esquivó la evidente realidad de la plurinacionalidad española

Durante años, los partidos nacionalistas de carácter conservador han ido apoyando y apuntalando a los gobiernos de PSOE y PP, a cambio de dádivas, cesiones o vista gorda ante determinadas caso de corrupción, con CiU y Pujol como ejemplos más emblemáticos. Y así hasta noviembre de 2003, cuando el candidato a la Presidencia del Gobierno, Rodríguez Zapatero, afirmó en Barcelona durante un acto público: apoyaré la reforma del Estatuto que apruebe el Parlamento catalán. El 30 de septiembre del 2005, el Parlament, con 15 votos en contra del PP, aprobó un Estatuto que enseguida se vio cuestionado, cuando la vicepresidenta del Gobierno, María Teresa de la Vega, afirmó que el texto aprobado tendría que ser retocado en el Congreso de los Diputados.

En enero de 2006, el PSOE y CiU pactaron un texto retocado, que produjo la salida de ERC del pacto y la propuesta del PP de que el debate sobre el Estatuto se tramitase como una reforma constitucional, que hubiese requerido el voto afirmativo de 210 diputados. El caso es que el Congreso aprobó el nuevo texto con el voto en contra del PP y el anuncio de que elevaría un recurso al Tribunal Constitucional. Aprobado el nuevo Estatuto en referéndum por el pueblo catalán, estuvo en vigor y se aplicó hasta que cuatro años después el alto Tribunal recortó partes importantes del mismo. Leña para un fuego todavía incipiente.

Fuente https://www.eleconomista.es/