Nos encontramos en el vestíbulo de un gran edificio de oficinas del oeste de Londres. El gran hall estilo atrio se eleva cuatro plantas, todas acabadas en blanco brillante con detalles en roble. Unas sillas de respaldo alto rodean las relucientes mesas de reuniones negras, sobre cada una de las cuales cuelga una lámpara. A un lado de la planta hay un gran espacio tipo almacén destinado a las empresas pequeñas, donde las startupstecnológicas y de moda teclean en silencio. En el lado opuesto hay un extenso conjunto de escritorios y estudios para negocios más grandes; arriba hay un entresuelo con salas de reuniones. Y a un lado del espacio, ocupando al menos una cuarta parte de la superficie total, hay una yurta.

Frente al problema del absentismo laboral, el presentismo: acudir a trabajar sin estar en buenas condiciones físicas o mentales. Según un análisis elaborado por la compañía de seguros Cigna, el 74% de los españoles ha acudido a su puesto de trabajo estando enfermo, un porcentaje muy superior al de países como Reino Unido —57%—, Alemania —49%— o Francia —42%—.

“Los problemas de salud son uno de los principales factores del presentismo laboral”, señalan desde Cigna en una nota de prensa. Según este estudio, “el miedo a perder el empleo, a pedir la baja, a descontarse días de vacaciones o simplemente a creer que se podría mostrar poca profesionalidad o implicación frente a un superior están provocando que este fenómeno esté cada vez más presente en España”.

El abuso del trabajo temporal es uno de los principales focos de precariedad en el mercado laboral español. El problema no es nuevo y muchos destacan que el empleo temporal ha descendido respecto a la situación previa a la crisis económica. Aunque el número de trabajadores eventuales ha disminuido respecto a 2007, la firma de contratos temporales ha aumentado. Se suscriben muchos más contratos, pero apenas duran en el tiempo: la modalidad más precaria, los contratos de menos de 7 días, se ha duplicado en la última década.

La excesiva temporalidad –porcentaje de asalariados con contrato temporal respecto al total de asalariados– se rebajó con la crisis económica.

Pocas veces muestran los empresarios más preocupación por los ciudadanos que cuando se habla de impuestos. Sobre todo, si han escuchado que los impuestos se los pueden subir a ellos, no a los ciudadanos en general. En cuanto el Gobierno de Pedro Sánchez anunció que pretende que las grandes empresas paguen, en el Impuesto de Sociedades, como mínimo el 15 por ciento de lo que ganan, la patronal advirtió de la preocupación que les invadía: si se suben los impuestos a las empresas va a ser difícil cumplir con la subida de salarios pactada con los sindicatos, avisaron los dirigentes de la CEOE. El argumento, escuchado con distanciamiento, es infantil, pero lleva ya muchos años dándoles resultado, porque cada vez pagan menos a Hacienda.

Las empresas españolas tributan en el Impuesto de Sociedades por menos de la mitrad de las ganancias que obtienen, según revela el cruce de los datos oficiales de ese tributo con los estadísticos de la Renta Nacional que estima el INE (Instituto Nacional de Estadística) al medir el PIB (Producto Interior Bruto).

La brecha entre las ganancias y la base del impuesto se está ampliando con la mejora de las variables macroeconómicas, con las que ha pasado de los 254.000 millones de 2014 a los 273.000 del año pasado. No obstante, en ese mismo periodo ha aumentado el porcentaje de ganancias declaradas, que ha ganado algo más de dos puntos al pasar del 42,4% al 44,6%.