Pero esta vez no es el fantasma del comunismo, helando la sangre en las venas de los poderosos, sino el espectro del populismo, degradando la arquitectura de las democracias liberales. Suecia, paradigma de Estado social y democracia avanzada, acaba de unirse al nutrido pelotón de países donde se manifiesta un fuerte giro de la opinión pública hacia postulados y discursos que, hasta hace poco, sólo blandía una extrema derecha de acotada influencia. Hoy, no son pocas las voces que alertan de un retorno del fascismo. Pero, aunque es cierto que la oleada conservadora que recorre Europa y Estados Unidos recoge elementos significativos de la agenda de la extrema derecha, el fenómeno al que asistimos no constituye en modo alguno una repetición de los convulsos movimientos de masas que llevaron a Mussolini o a Hitler al poder.

No estamos ante partidos que pretendan aniquilar la democracia parlamentaria, proscribir al movimiento obrero o barrer las libertades civiles sin más. Pero nos hallamos, eso sí, ante una profunda crisis de los sistemas de representación… y ante el surgimiento de unas formaciones que pretenden someter las democracias en pérdida de credibilidad a una “voluntad popular” que dichas formaciones encarnarían en exclusiva.

El fondo de la cuestión reside en una globalización carente de regulaciones e instituciones capaces de embridar el inmenso poder de las grandes corporaciones multinacionales y los mercados financieros. Las soberanías nacionales de los Estados se han visto socavadas, instalando en la ciudadanía una percepción de impotencia de sus instituciones. Los vertiginosos cambios en la producción y la distribución, los avances tecnológicos y las nuevas formas de organización, han transformado todos los países. Pero también han engendrado legiones de “perdedores” y han sembrado un miedo difuso en el seno de nuestras sociedades industriales: deslocalizaciones, oficios obsoletos, un mundo rural amenazado por los gigantes del agro-negocio… En tales condiciones, el declive de los partidos políticos que han gestionado durante décadas los pactos sociales de la posguerra se ha vuelto imparable. Al tiempo que han ido surgiendo movimientos, cargados de emotividad, que se apoyaban en las clases medias y en sectores empobrecidos de las clases populares. Esos movimientos exigen que se respete “la soberanía del pueblo” – algo que muchas veces se identifica con el imposible retorno a un pasado idealizado. Allí, la ira se dirige contra refugiados e inmigrantes; acá, contra un enemigo nacional; en muchas partes, contra unas“élites” difusas… El funcionamiento de la Unión Europea, con un retraso en el impulso de políticas de equidad social que contrasta con el rigor fiscal exigido a los Estados, no podía por menos que convertirse en blanco de las críticas populistas, como lo demostró el Brexit.

No hay que perder de vista, sin embargo, como señala el politólogo Jan-Werner Müller, que“ningún populismo de derechas ha llegado al poder en Europa occidental o en Estados Unidos sin la colaboración de las élites conservadoras consolidadas”. (“¿Qué es el populismo?” Ed. Grano de sal). Por otra parte, la idea de protegerse mediante un repliegue nacional resulta ilusorio, tanto ante la irreversible internacionalización de la economía como ante el carácter mestizo, no menos irreversible, de nuestras sociedades. (Por eso, la invocación exacerbada de una identidad que delimita el perímetro del “pueblo” no puede por menos que generar exclusión y cargar la atmósfera de electricidad). Las recetas con que los populistas pretenden corregir el declive de las democracias liberales (privilegiando las formas plebiscitarias frente a la expresión organizada de la voluntad de la ciudadanía) llevan a difuminar la pluralidad existente en la sociedad. Y, finalmente, redundan en perjuicio de los sectores que mayor necesidad tienen de organizarse y tomar conciencia de sus propios intereses, empezando por la clase trabajadora.

“Los populistas – dice Müller – pueden gobernar, y es probable que lo hagan en concordancia con su compromiso básico respecto a la idea de que sólo ellos representan al pueblo. Concretamente, se dedicarán a ocupar el Estado, al clientelismo y a la corrupción. Y a la supresión de cualquier cosa parecida a una sociedad civil crítica. (…) Los populistas también pueden escribir constituciones; éstas serán constituciones partidistas o “exclusivas”, diseñadas para mantener a los populistas en el poder en nombre de la permanencia de una supuesta voluntad popular original y auténtica. Es probable que tarde o temprano promuevan un serio conflicto institucional”.

Cualquier parecido con las llamadas “leyes de desconexión” y el atropello de la oposición que se produjo en el Parlament el 6 y 7 de septiembre del año pasado no es mera coincidencia. En la medida que el “procés” ha ido derivando en un movimiento de corte nacional populista, su pretensión original de resolver un déficit de la democracia española respecto a Catalunya ha mutado en una degradación de las propias instituciones catalanas.

No, el populismo no es fascismo. Pero constituye un elemento corrosivo para las democracias, al tiempo que representa un callejón sin salida para las sociedades, amenazando la convivencia y generando escenarios de tensión internacional. Italia, avanzadilla de cuantas tormentas políticas han barrido Europa, nos muestra hoy una variante populista particularmente inquietante bajo la alianza del movimiento anti-sistema de Beppe Grillo y la derechista Liga Norte de Matteo Salvini. Vale la pena leer con atención la lúcida reflexión del economista Thomas Piketty sobre el fenómeno que caracteriza como social-nativismo”: una combinación explosiva de medidas de protección social y de políticas ultra-liberales… en beneficio exclusivo de “los de casa”. Una pesadilla italiana que quita el sueño a toda Europa.

Lluís Rabell (10/09/2018)

Social-nativismo: la pesadilla italiana

Desde la pasada primavera, Italia está gobernada por una extraña coalición social-nativista que reagrupa al Movimiento 5 estrellas (M5S), partido anti-sistema y anti-élites, inclasificable en las habituales categorías derecha/izquierda, pero uno de cuyos lemas es la creación de una renta básica universal, y la Lega, la antigua Liga Norte, movimiento regionalista y contrario a los impuestos, hoy reconvertido en partido nacionalista especializado en la caza del extranjero. Nos equivocaríamos del todo si considerásemos semejante maridaje como una manifestación del exotismo italiano. En realidad, todos los gobiernos europeos comparten cierta responsabilidad por cuanto se refiere al surgimiento de este tipo de coalición, tan desesperada como incoherente. Si no nos andamos con cuidado, muy pronto la pesadilla social-nativista italiana podría afectarnos de cerca: primero, por sus consecuencias a nivel europeo, y luego porque no podemos descartar la posibilidad de que coaliciones similares puedan generalizarse y darse también en otros países, incluyendo a Francia.

Resumamos. El M5S obtiene sus mejores resultados electorales entre las categorías populares del sur del país y entre los desencantados de todos los partidos, seducidos por las promesas de mejoras sociales y de desarrollo de las regiones más abandonadas. La Liga, por su parte, atrae votos populares anti-inmigración, sobre todo en el norte de Italia, donde este partido conserva un buen número de cuadros y de independientes opuestos a los tributos.

Por un momento, se contempló la posibilidad de una coalición entre el M5S y el PD (El Partido Demócrata, que reagrupa a los antiguos partidos de izquierdas y que actualmente se ubica en algún lugar entre el centro-izquierda y el centro-derecha, sin que nadie sepa muy bien dónde está eso). Pero, finalmente, el PD rehusó dicha alianza y prefirió apostar por el fracaso de los populistas.

Renta básica y “flat tax”

Entonces, el M5S y la Liga se pusieron de acuerdo sobre un programa basado en la institución de la renta básica propugnada por el M5S (que podría parecerse a una renta de solidaridad activa a la francesa) y la “flat tax” que defendía la Liga, es decir un tributo que aplica el mismo porcentaje impositivo a los distintos niveles de renta, lo que supone el desmantelamiento completo del sistema fiscal progresivo (concebido para gravar más a quienes más ganan) y comporta una enorme reducción de los ingresos para las arcas públicas. La alianza M5S-Liga se basa también, y sobre todo, en una virulenta política anti-refugiados, encarnada por el ministro del interior,Matteo Salvini, líder de la Liga, que se ha pasado el verano impidiendo que los barcos de salvamento atracaran en los puertos italianos, despreciando así todas las reglas – pero incrementando de modo fulgurante sus cotas de popularidad. Ambos partidos se han puesto asimismo de acuerdo acerca de otras medidas explosivas. Como, por ejemplo, contra las vacunas, asociadas a las élites “sabelotodo” y a la rapacidad de los laboratorios farmacéuticos.

¿Cómo ha podido funcionar semejante cóctel ideológico? Considerando las cosas desde el contexto francés, podemos ver todo lo que separa hoy en día a los Insumisos de semejante alianza: en el corazón de los valores de tal formación se halla la solidaridad con los inmigrantes y la defensa de unos tributos progresivos (incluso si no deja de provocar cierta inquietud la reciente salida poujadista de Mélenchon acerca de la “diablura” de la imposición en origen). El hecho de que los “5 estrellas” se hayan topado con la “flat tax” habla por si solo de la falta de columna vertebral programática de este movimiento, y revela los efectos deletéreos de la lenta descomposición política italiana (un proceso, iniciado en 1992, que ha supuesto el hundimiento del sistema de partidos de la posguerra), así como los estragos causados por décadas de retórica anti-impuestos y de dumping fiscal (puesto que los más ricos eluden el pago de sus impuestos y nadie parece saber cómo evitarlo, ¿por qué no rebajar directamente los impuestos a todo el mundo?).

Acabar con el liberalismo antisocial

Pero si el cóctel funciona se debe ante todo a la hábil denuncia, por parte de los responsables italianos, del egoísmo del gobierno francés, que se permite dar lecciones acerca de los refugiados al tiempo que cierra puertos y fronteras, y, en general, las hipocresías europeas, que imponen a Italia rígidas reglas presupuestarias e impiden que el país pueda invertir para recuperarse de la crisis de 2008 y de la subsiguiente purga. Tras el encuentro entre Viktor Orban y Matteo Salvini, todo el mundo ha destacado la solidaridad anti-inmigrantes exhibida por ambos dirigentes:“Hemos demostrado que la inmigración puede ser detenida por tierra. Y él demuestra ahora que se le puede poner freno por mar”, ha declarado Orban. Sin embargo, habría que prestar también atención a las palabras de Salvini“Hoy comienza un recorrido común, que dará paso a numerosas otras etapas durante los próximos meses, a fin de poner en primer plano el derecho al trabajo, a la salud y a la seguridad. Es decir, todo aquello que las élites europeas nos niegan.”

Lo que hace que Salvini sea tan peligroso es precisamente su capacidad para enlazar el relato acerca de los “nativos del país” con el discurso social, el discurso sobre la emigración y el de la deuda, englobándolo todo en una misma denuncia de la hipocresía de las élites. Puesto que el BCE ha puesto en circulación miles de millones para rescatar a los bancos, ¿por qué no podría ayudar a Italia difiriendo el pago de su deuda hasta que llegasen tiempos mejores? El discurso del sentido común resultará seductor mientras Europa no sea capaz de sustituirlo por un relato superior. En Polonia y en Hungría, los poderes iliberales también se han ocupado de sus respectivas opiniones públicas, financiando determinadas medidas sociales, como ayudas a las familias o pensiones, a las que se habían resistido los anteriores gobiernos pro-europeos.

Siempre podemos apostar a que la opinión italiana se opondrá a un choque definitivo, rehusando el retorno a la lira y a la inflación. Pero podríamos considerar también que ya va siendo hora de que Europa demuestre a las clases populares que es ella la más apta para defenderlas, poniendo en pié una política de reactivación económica y de justicia fiscal. Mientras los gobiernos de centro de todo pelaje practiquen un mismo liberalismo antisocial, el social-nativismo tendrá vía libre para seguir avanzando.

Thomas Piketty

(“Le Monde”, 9-10/09/2018)

Trad. Lluís Rabell

Fuente: https://lluisrabell.com/

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