guantanamo

La injusticia adopta muchas formas. Después de 20 años preso en manos de los EE.UU., la mayor parte de ese tiempo en Guantánamo, se podría decir que soy un experto.

Quizá les sorprenda saber que, en mi opinión, los EE.UU. gozan de un sistema de justicia muy bueno. Pero es sólo para norteamericanos. En casos como el mío, la justicia no es cosa que le interese a los Estados Unidos. Me gustaría que la gente entendiera en qué resulta distinto Guantánamo.

En Guantánamo, la tortura a la que estamos expuestos no se limita a las salas de interrogatorio: existe en nuestra vida cotidiana. Esta tortura psicológica intencionada es lo que hace que Guantánamo sea diferente. Hay interferencias en todos los aspectos de mi existencia: en mi sueño, mis comidas, mi forma de caminar.

Durante mis primeros nueve años en Guantánamo, estuve recluido en régimen de aislamiento. Era entonces era un lugar más duro y violento. Los bloques comunales que se abrieron en 2010 marcaron la diferencia, pero la tortura mental deliberada sigue siendo la misma. Las normas cambian constantemente y sin previo aviso. Algunos guardias y algunas administraciones son más crueles que otras.

Imagínense que están viendo la televisión, se acerca alguien por detrás y empieza a darles pataditas. Si sucede sólo durante un rato, no supondrá un problema. Pero imagínense que no dejan de darles patadas, sin parar, por mucho que les digan que paren, y que no pueden hacer nada al respecto. Imagínense qué forma de tortura sería.

La única libertad de la que aquí gozo es la de protestar. En total, llevo siete años en huelga de hambre. Siete años con la sensación de que no estoy muerto, pero tampoco vivo. Yo creo en plantarle cara a mi carcelero. Ellos controlan mi cuerpo, pero no mi corazón. Han tratado de impedir que aprendiera, pero lo he conseguido igualmente.

La pintura ha sido mi desahogo. Y me siento orgulloso de mi arte. Acaso hayan podido ver las pocas obras que he podido sacar de aquí. Cuando se expusieron en Nueva York, pensé en los cuadros a la vista de las calles elegantes y los grandes edificios, y en la gente que los contemplaba en su agradable ciudad, y en cómo no pueden imaginarse lo que son nuestras vidas.

Pero hasta este desahogo me han arrebatado. Mis captores se niegan a permitirme que mi arte salga de prisión. Han hecho más difícil que saque fotocopias de lo que pinto, de manera que no puedo siquiera mostrárselo a mis abogados. Así que se convierte en una carga. Cuando pinto, siento dolor en el corazón, sabiendo que el trabajo que estoy haciendo nunca lo verá nadie más.

Cuando el presidente Obama dijo que clausuraría Guantánamo, fuimos optimistas y le creímos. Espero que el presidente Biden cumpla esa promesa. Debería hacer todo lo posible por cerrar la prisión, no por nosotros, sino por los Estados Unidos.

Otros países solían admirar a Estados Unidos por los derechos humanos, y ya no lo admiran: cualquier afirmación de los Estados Unidos sobre su defensa de los derechos humanos suena a hueca. Cuando Biden criticó a Rusia, Putin le respondió: "¿Qué pasa con GTMO?". Cerrarlo comenzaría a reparar el daño causado a la reputación de Estados Unidos.

Los años dorados de mi vida se han desperdiciado en Guantánamo. Si lo que me ha sucedido ocurriera en Estados Unidos, me indemnizarían con millones de dólares. Como estoy en Guantánamo, como soy árabe, como soy yemení, a nadie le importa.

Pero quiero que sepan que soy una persona esperanzada. No sé adónde iré, ni qué haré, pero hay otra vida para mí, fuera de esta prisión.

Khalid Qasim de nacionalidad yemení, lleva desde 2002 detenido sin cargos ni juicio en Guantánamo. Sus cuadros se han expuesto en centros universitarios neyorquinos como el John Jay College of Criminal Justice y Cuny (City University of New York).
 
 

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